Cada día implica una batalla no contra la vida -ella no precisa luchas- es una batalla interna, de esas que erizan la piel en un día de sol. Mi batalla es saber que la paz ha sido un puerto en un inmenso oceano y que estoy parada al borde, esperando el siguiente golpe que me lleve hacia lo más profundo y regresar hacia lo que ha sido mi hogar en muxas lunas.
Es como cuando un preso sale libre, después de tantísimo enciero y sólo conoce sus cuatro paredes, esta nueva libertad le sabe a encierro y lo único que desea es volver a sus mismas cuatro paredes, que lo conocen, que lo entienden y que jamás serán distintas.
Mi *nueva* libertad me sabe a este encierro, pero no en cuatro paredes sino en un mundo caduco, llegué a puerto llamado paz; pero me encuentro al borde esperando el golpe que me devuelva las emociones, que me devuelva el miedo. Las emociones se me fueron con los sentimientos dejando un ser que vive en paz pero sin absolutamente nada que ofrecer.
La tristeza, la agonía y la soledad me han ido inyectando anestecia, no más dolor, no más tristeza, no más lágrimas, porque un ser de piedra no llora ni siente, no tengo nada que ofrecer porque un ser de piedra ya no siente. Mis ojos han dejado de ser la ventana del alma, porque no hay nada que ver, no reflejan nada porque en eso me convertí en una inmensa nada.
Sigo siendo el mismo ser soñador, que en un batalla dejó todo de si, peleo con todas su fuerzas y en una emboscado murió, sigo siendo el mismo ser triste con vocación de alegre que escribe para que el olvido no se lleve sus memorias y a veces siente tantísima pena al ver los espejos que reflejan su gran vacío y que cada día que pasa cuesta ocultarlo más.